Es interesante lo que un poco de poder provoca en algunas personas.
Los efectos de esas pequeñas migajas causan grandes estragos; pervierten su comportamiento y sacan a la superficie actitudes que parecían ocultas o acciones que resultan inesperadas.

Un poco de poder puede pervertir aún al más puro de los corazones.
En El Señor de los Anillos, Frodo era de los pocos que resistía a los efectos del anillo; tal parece que en nuestros días existen pocas personas como este pequeño hobbit, capaz de no dejar enfermar su corazón por las mieles del poder.
Unas pocas migajas bastan para transformarnos en personas autoritarias, en individuos que pierden el control sobre su carácter, en personas más reactivas.
Atrás quedaron los días en los que escuchábamos atentamente, donde se trabajaba para servir y no para sobresalir. En el pasado quedó nuestra apertura a las ideas para dar paso a la imposición por la fuerza de nuestra visión personal.
Atrás quedaron los días de empatía y los deseos por hacer brillar a los demás y, así, sin darnos cuenta, el ogro del orgullo tomó el poder.
La próxima vez que quieras otorgarle poder a alguien, primero dale una pequeña porción de ese poder y así verás si es la persona adecuada para el cargo.
Recuerda que el poder no solo puede dañar al que lo tiene, sino también a aquellos que están bajo su autoridad.
Si quieres cuidar bien a los tuyos, ten mucho cuidado a quien le otorgas ese poder.
Un fuerte abrazo
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