30 son los días que lleva la reina sin ser llamada por el rey, 4 semanas donde no se han visto la cara; su presencia no ha sido requerida por el monarca. Si él no le solicita, ella no puede presentarse ante el rey. De hacerlo, estaría poniendo en peligro su vida, a menos que el rey extienda su cetro y así salvaguarde su existencia. Todo esto como parte de la ley que rige el imperio persa.
Jerjes, como todo rey, estaba ocupado en sus asuntos; dirigir un reino que abarcaba desde la India hasta Egipto no era tarea fácil. Mientras tanto, afuera del palacio, reina la confusión; sobre el pueblo de la reina se cierne la amenaza de exterminio total.
En cada provincia, el decreto es claro: muerte a los hijos de Jacob. En el imperio persa había una cantidad de ciudadanos de origen judío, de los cuales la reina formaba parte. De no hacer nada, el pueblo, la familia y hasta ella misma corrían peligro de muerte.
Rodeada por sus doncellas, se prepara y da órdenes de buscarle sus joyas y el mejor de sus vestidos. Sus acompañantes corren por los pasillos del palacio para preparar a su reina y así dirigirse a lo que parece una muerte inminente, a menos que el rey extienda su cetro.
Pasadas algunas horas se le ve caminar hacia el patio, donde se encuentra el rey; cada paso le acerca un poco más a lo que parece una muerte segura. Acompañada únicamente por la fe en su Dios y el amor a su pueblo.
Verla caminar es toda una dicha; mejillas labradas por hábil escultor, ojos que a todos encantan; una suave y tierna sonrisa le adorna. No verla es casi un pecado; ¿Cómo obviarla si su belleza no tiene comparación? Elegida entre muchas vírgenes, preparada durante todo un año para realzar su belleza y coronarse; así es ella, la reina Ester.
Al verla, el rey admiró su belleza; mientras otros contenían la respiración. Con su cetro en mano, el rey permanecía totalmente quieto, un hombre cuyo poder no tiene límites. En sus manos está la autoridad sobre la vida de miles, y no dudará en quitarla, aun a su propia reina. Los segundos parecen eternos y, aunque muchos quisieran pausar el reloj, ella continúa su paso.
Un cetro de oro puro, reflejo de la grandeza del reino; sus formas bien pulidas, su peso, el adecuado; todo esto descansando en la mano derecha del rey. Dicho cetro posee belleza propia, pero todo parece palidecer ante la presencia de su majestad, la reina.
Todos contienen la respiración, nadie sabe qué hará el monarca si extender el cetro y salvar la vida de su reina o arrebatársela por presentarse sin haber sido llamada.
La última vez en que alguien desobedeció al rey no le fue nada bien. Vasti era su nombre, la Reina anterior a Ester, se negó a atender el llamado del rey y fue despojada de su posición como Reina.
Todos los ojos están puestos en la mano derecha de Jerjes,. Sobre su diestra descansa no solo el futuro de Ester, sino la vida de miles de judíos que viven en las tierras del imperio persa.
Los músicos se detienen, la suave brisa que mueve las cortinas del palacio hace una pausa, el silencio reina en todo aquel lugar. La vida y la muerte esperan su momento para intervenir.
Con un suave movimiento de su brazo derecho, el monarca acerca lentamente su cetro ante su amada reina. ¿Cómo no hacerlo, si mientras su predecesora se negó a obedecer sus órdenes, ahora tiene a una mujer que se juega la vida por verle y estar cerca de él?
Ante tal acto de sacrificio, valor y humildad, el rey escuchó la petición de su esposa y así, con un nuevo decreto, guardó su vida y la de su pueblo.
Ester, al igual que Cristo, fue es capaz de entregarlo todo por su pueblo.