De todos los mendigos que hay en las calles, este, sin dudas, es el más difícil de identificar. Lo puedes tener cerca de ti o verle caminar a tu lado y, aun así, no serías capaz de reconocerlo. No muestra la más mínima evidencia de lo mendigo que es.
Nunca extiende la mano para pedir ayuda; en sus manos no carga ningún papel que le haga ver como un desesperado en busca de trabajo y, al contrario de muchos solteros, la compañía femenina no le es tan necesaria.
Su caminar es seguro, su mirada es profunda e inquietante y, aun, sus palabras son convincentes y persuasivas. ¡Qué mendigo tan difícil de reconocer! Pero es más común de lo que te imaginas y está más cerca de lo que puedes pensar.

La misa le parece un fastidio, los cultos le aburren, el sermón no le apetece y la prédica le parece un insulto a su inteligencia; y no es que visite muy seguido la iglesia: solo lo hace para complacer a los suyos. Cuando escucha, lo hace con poca atención y las palabras le saben a nada, ya que, según él, no necesita de nadie y menos de un judío crucificado en una cruz. Sin dudas, ¡la humildad no es su principal atractivo!
Si va por las calles y alguien le grita: “¡Mendigo!”, con seguridad no volteará a ver ni se dará por aludido, pero sabe perfectamente que su conciencia no miente, que, aun con todo lo que tiene, hay algo que le falta: una inquieta y constante carencia que no le deja dormir. Algo más que una simple sensación, que viene de lo más profundo de su ser, de su espíritu.
Al caer la noche, todo cambia. Cuando el silencio reina y la oscuridad domina, es ahí donde su orgullo desfallece y su conciencia toma fuerza: le muestra lo miserable que es.
No importa si la chequera es gruesa, si la cuenta del banco es abundante o si hay belleza a su lado; nada de esto calma la inquietud en su espíritu. Tal es así que ignora a su compañía, muy a pesar de que ella trata de sacudirle y hacerle caer en sus brazos; quiere emborracharle de placer, que pierda la cabeza y se deje caer en sus brazos, pero él se niega a compartir con ella.
Ella se acerca lentamente para susurrarle al oído que sigue siendo un mendigo espiritual, incapaz de poder creer en algo más allá de su lógica y vacía razón. Un hombre sin fe, sin esperanza, que solo se tiene a sí mismo para lamer sus heridas, carente de la capacidad para confiar en alguien, y mucho menos en el Creador.
No hay peor mendigo que el hombre que no es capaz de reconocer sus carencias espirituales, lo importante de la fe y la convicción en un ser más allá de nuestra humanidad.